Biocombustibles, un camino incierto

Por José Ignacio García SJ

Los biocombustibles aparecieron como una prometedora fuente de energías renovable, sin embargo, muy pronto se ha comprobado que sus posibilidades son mucho más limitadas que las expectativas que se pusieron en ellos.

Concretamente en Europa se ha pasado de unos objetivos muy ambiciosos, se esperaba que el 10% del combustible usado en el transporte (gasolina y diesel) en 2020 procediese de un biocombustible. Durante este último año se ha producido un intenso debate en las instituciones europeas en torno a esta cuestión, al constatarse, los efectos negativos de esta opción.

Por un lado están las empresas de energía, eléctricas o petrolíferas, que en alianza con algunos grupos agroindustriales, se han lanzado a la producción de biomasa, necesaria para la obtención de biocombustible, principalmente bioetanol y biodiesel. Estos grupos, orientados por las primeras opciones de la Unión Europea (el 10% en el combustible de transporte), y previendo importantes oportunidades de negocio con algunos subsidios incluidos, hicieron importantes inversiones y ahora miran con recelo los planes de reconsiderar los objetivos. Estos grupos se han convertido en importantes lobbies en Bruselas que presionan para asegurar las expectativas creadas.

Se trata de un sector, el de los biocombustibles, que puede alcanzar una cifra de negocio de los 13.000 millones de Euros en Europa. Afortunadamente el Parlamento Europeo, en su comisión de Medio Ambiente, votó el pasado 11 de julio una reducción del objetivo del mix de biocombustible y combustibles fosiles (gasolina y diesel) de sólo un 5,5% de biocombustible.

El uso de biomasa para la producción de energía no es una novedad. La madera se ha usado desde siempre para calefacción, cocinar o conseguir vapor. Lo que sí es una novedad es cultivar plantas para luego quemarlas y aprovechar la energía obtenida. Al tratarse de cultivos destinados a ser combustibles muchos prefieren hablar de “agro-combustibles” y no del impreciso concepto de “biocombustible.”

La primera dificultad de los agro-combustibles está en la alteración que se hace del uso de la tierra o Cambio Indirecto del Uso de la Tierra (CIUT). Porque si suponemos que el fin de la agricultura es el de producir los alimentos necesarios para los seres humanos y los animales, o algún tipo de fibra también necesaria, la producción de agro-combustibles provoca una alteración en el uso de la tierra, principalmente de tierra que se usa actualmente para la producción de alimentos. La consecuencia de este cambio del uso de la tierra supone una amenaza para la biodiversidad, pues se talan zonas forestales o se desecan humedales para implantar estos cultivos. Un segundo impacto es la alteración de los precios, al alza, de los alimentos pues se reduce su superficie de producción.

Y lo que es peor, allí donde la población no puede afrontar precios más altos de los alimentos porque debido a su pobreza no pueden pagarlos, entonces la alternativa es el hambre y la desnutrición. Recientes investigaciones así lo han puesto de manifiesto.

Si esto no fuera suficiente, otro efecto negativo de los agro-combustibles es que en algunos casos no son eficientes para la reducción de emisiones de CO2. El concepto básico que ha motivado el empleo de agro-combustibles es que, teóricamente, estos cultivos absorben CO2 mientras se van desarrollando las plantas mientras que en la combustión emitirían una cantidad similar de CO2 a la de los otros combustibles, el balance final sería así negativo.

Según esta descripción inicial los agro-combustibles absorberían más CO2 -durante su crecimiento como plantas – del que finalmente emiten – cuando se les quema mezclados con los combustibles fósiles. Pero este análisis olvida los inputs necesarios para el cultivo: agua, energía para el riego, fertilizantes… si consideramos el conjunto de los inputs necesarios para lograr estos producciones, entonces, el balance resulta inverso: los agro-combustibles terminan por emitir más CO2 del que absorben.

La Agencia Medioambiental Europea acaba de hacer público un informe en el que previene de esta situación y propone una búsqueda de cultivos más eficientes energéticamente para hacer más atractivo el balance final de emisiones de CO2. La Agencia propone combinaciones de cultivos más eficientes energéticamente a través de lo que se llama biocombustibles de segunda o tercera generación, que serían aquellos que no compiten directamente con alimentos o con cultivos destinados a la alimentación animal, se trataría de residuos vegetales, urbanos orgánicos o cultivos no alimenticios.

Tampoco parece que esta sea una solución totalmente eficaz, pues los restos de cosecha son útiles para la fertilidad del suelo, por ejemplo, y la producción de cultivos no alimenticios no resuelve el problema de la desviación en el uso del suelo, que ya hemos comentado. Por todo ello se comprende que la Unión Europea esté en un proceso de revisión de sus objetivos que consistirían en reducir a un 5,5% la contribución de los agro-combustibles, algo casi ya logrado, pues actualmente este tipo de combustibles suponen el 4,7%. La reciente votación de la comisión de medio ambiente del Parlamento Europeo confirma que la Unión ha reconocido que se trataba de una medida voluntarista, que los efectos secundarios eran negativos y que no se debe ir más lejos en esta dirección. Para el aprovechamiento de desechos urbanos, por ejemplo, será necesario un análisis local y más minucioso del coste/beneficio. Probablemente opciones locales – bien evaluadas – pueden tener más éxito que una medida global que termina por ser ineficaz y contra productiva.

La transición energética de combustibles sólidos a otros de fuentes renovables es un imperativo de la razón ante un recurso que es limitado físicamente, aunque se esté intentando buscar estas bolsas de petróleo y gas (fracking oil, shale gas) en zonas más profundas o inaccesibles, en un intento por prolongar su vida, aunque eso signifique asumir riesgos extraordinarios por las perforaciones geológicas o la contaminación de acuíferos.

El cambio climático ha venido a hacer más urgente la transición a fuentes de energía renovables. Tenemos que reconocer que el camino no es evidente, que es posible que opciones que se tomaron con la información disponible en un momento tengan que ser revisadas.

Pero tenemos que evitar que los intereses económicos de las grandes corporaciones -petrolíferas, eléctricas – impongan un modelo que quiere en primer lugar asegurar la rentabilidad de su negocio, y sólo en segundo lugar, servir de manera sostenible a la sociedad. Esta vez el Parlamento Europeo ha transmitido un mensaje positivo.

Fuente: Ecojesuit

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