Colonialismo interno y autonomías: las luchas de los pueblos originarios hoy

Por Raúl Romero

Durante la primera mitad del siglo XX, los trabajos sobre el colonialismo cobraron cierta notoriedad en las ciencias sociales, lo anterior debido a las luchas por la independencia que emprendieron los pueblos de las antiguas colonias en la misma época. Jean-Paul Sartre define esta etapa como el momento en el que “el Tercer Mundo se descubre y se expresa a través de esa voz. Ya se sabe que no es homogéneo y que todavía se encuentran dentro de ese mundo pueblos sometidos, otros que han adquirido una falsa independencia, algunos que luchan por conquistar su soberanía y otros más, por último, que aunque han ganado la libertad plena viven bajo la amenaza de una agresión imperialista” [1].

Como fenómeno concreto, el concepto de colonialismo hace referencia a la relación de dominación y explotación en la que unos países –generalmente potencias económicas y militares-, someten a otros países y se apropian de su territorio. Los primeros son conocidos como metrópolis, mientras que a los segundos se les ha nombrado colonias o protectorados.

El colonialismo como proceso histórico encuentra dos grandes momentos: 1) la colonización de América, con la cual se vieron beneficiados principalmente España, Portugal, Gran Bretaña y Francia, y 2) la colonización, durante los siglos XVIII, XIX y parte del XX, de algunas regiones de África, Asia y Oceanía, por parte de Gran Bretaña, Francia, Alemania, Portugal, Bélgica e Italia. Es fundamental señalar que esta segunda ola colonizadora cuenta con un nuevo ingrediente producto de la revolución industrial: el capitalismo como sistema político y económico dominante.

En un ejercicio por definir algunas características del colonialismo, podríamos decir que:

– Como categoría de análisis sólo es posible debido a las luchas de los pueblos por su conformación como Estados-nación independientes.

– Describe relaciones de explotación y dominación de corte internacional, es decir, de un Estado-nación sobre otro u otros pueblos.

– Adquiere su forma de ideología y se materializa como política sistemática, es decir, como política recurrente, ordenada y metódica

– Tiene desde sus orígenes fines fundamentalmente políticos y económicos, por lo que implica un problema estructural y no sólo racial o cultural.

– Se emprende bajo el falso mito de llevar civilización y progreso, se complementa perfectamente con las estructuras pre-capitalistas pues las metrópolis monopolizan la explotación de los recursos naturales de las colonias, obtiene de los colonizados un ejército de reserva de mano de obra barata, construye nuevas rutas para la importación de materias primas y la exportación de sus productos, al mismo tiempo que aseguran ingresos fiscales, por mencionar algunos elementos.

Ahora bien, el desarrollo de nuevos mercados, la acumulación de capital y la formación de monopolios durante el colonialismo potencióel desarrolló del capitalismo, a tal grado que, según V. I. Lenin, el capitalismo encontró una de sus formas más organizadas: el imperialismo, el cual se caracteriza por:

1. La formación de monopolios (característica principal del desarrollo del capitalismo y que es posible debido a las políticas colonialistas).

2. El surgimiento de una “oligarquía financiera” y del “capital financiero” como resultado de la fusión del “capital bancario” con el “capital industrial”.

3. La “exportación de capitales”.

4. El nacimiento de asociaciones o alianzas internacionales monopolistas.

5. La repartición del mundo entre las principales potencias capitalistas.

Los estudios sobre el colonialismo permitieron que diferentes académicos pudieran pensar dicho fenómeno desde diferentes regiones. Este es el caso de Pablo González Casanova y Rodolfo Stavenhagen, quienes miraron al colonialismo desde América Latina y lograron observar una expresión distinta del colonialismo, una que se da de forma intranacional, es decir, dentro de un mismo Estado-nación; fenómeno al que denominaron colonialismo interno.

Al situar el fenómeno en su contexto histórico, Stavenhagen señala que el proceso de colonización de América estuvo siempre enmarcado en un sistema “mercantilista-capitalista en expansión” con el que las metrópolis construyeron su propio desarrollo. Éste desarrollo se obtuvo a costa del subdesarrollo de las colonias que funcionaron como “exportadoras de materias primas” y lugares en los que se obtenía “mano de obra barata”.

El desarrollo de unas regiones a costa del subdesarrollo de otras es un fenómeno que también se hizo presente al interior de las propias colonias: mientras en los centros mineros y ciudades principales se generaba un desarrollo –siempre funcional a las dinámicas de la producción-, otras regiones iban siendo condenadas al subdesarrollo. Estas relaciones de explotación y dominación de tipo colonial han subsistido hasta nuestra época, sea bajo la forma de metrópoli-colonia, centro-periferia o ciudad-campo.

Pablo González Casanova describe al colonialismo interno como relaciones sociales de dominación y explotación entre grupos culturales distintos, cada uno con sus propias estructuras de clase. El colonialismo interno implica una forma de explotación y dominación combinada, una especie de mezcla entre “feudalismo, esclavismo, trabajo asalariado y forzado, aparcería y peonaje, servicios gratuitos”.

El colonialismo interno únicamente se hace perceptible –más no termina- cuando las antiguas colonias conquistan su independencia (al menos en lo formal) y se convierten en Estados-nacionales independientes, lo que permite la llegada al poder de una nueva clase social. Este relevo de los grupos dominantes en México y gran parte de América Latina se observa cuando los criollos sustituyen a los españoles al frente de las nuevas naciones del continente.

Ahora bien, las ciencias sociales hegemónicas y varios exponentes del pensamiento crítico a menudo plantean el problema del colonialismo interno como un fenómeno netamente cultural o racial que se resolverá con la “modernización”, la “integración nacional” y la construcción de un Estado homogéneo con lengua y cultura única. Esta lectura reproduce ciertas características colonialistas que buscan someter e integrar los pueblos originarios a la forma de organización tradicional. Una lectura crítica contempla a las luchas contra el colonialismo interno como luchas que buscan la construcción de un Estado multiétnico.

Visto como un fenómeno característico del desarrollo del capitalismo, el colonialismo interno no describe la lucha de unas etnias contra otras, sino las luchas de minorías, etnias y naciones contra las clases dominantes, contra el colonialismo y contra el imperialismo. Así, el colonialismo y el colonialismo interno son fenómenos intrínsecamente ligados al desarrollo del capitalismo y por lo tanto a la lucha clases.

El colonialismo y la liberación nacional fueron temas presentes durante los debates que sostuvieron las fuerzas socialistas en la primera mitad del siglo XX. El debate giró en torno a la pregunta de qué posición adoptar sobre la cuestión nacional. El debate no fue menor, pues al ser la nación “producto de las revoluciones burguesas”, encontró una fuerte crítica dentro de los bolcheviques más ortodoxos.

Este no fue el caso de Lenin, quien en Sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación señaló que si bien las naciones son producto de las revoluciones burguesas, vale la pena destacar el activo papel de las masas y sobre todo de los campesinos en las luchas por la autodeterminación nacional. Lenin también apuntó que valía hacer una diferenciación clave en cuanto a la cuestión nacional: reconocer que existen naciones opresoras y naciones oprimidas y que por tal motivo los revolucionarios deben apoyar las luchas por la liberación nacional y contribuir a finalizar con toda forma de opresión. Con este planteamiento Lenin no sólo nos deja ver su visón estratégica –la unidad de las masas en torno a la lucha por la liberación nacional-, sino que también nos muestra su profunda vocación antiimperialista y emancipatoria.

El debate resurgió cuando la “nueva izquierda” cuestionó severamente el carácter colonial e imperial de la URSS. Desafortunadamente, aquellos que lucharon por la liberación nacional y por el socialismo fueron incapaces de observar y atender esta forma de dominación, cayendo así en serias contradicciones. La lucha contra el colonialismo interno quedó subsumida y prácticamente anulada por la lucha contra el capitalismo y el imperialismo.

Una experiencia diferente en este sentido fue la del Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua, el cual logró en 1987 que se incluyera en la Constitución nacional el reconocimiento de la “autonomía regional”. Sin embargo es hasta finales del siglo XX cuando los movimientos de resistencia que demandan la autonomía de las etnias y de los pueblos originarios se mostraron al mundo y el problema del colonialismo interno tomó centralidad en las luchas contra la dominación y la explotación; encontrando en el EZLN y otros pueblos indios con su demanda de autonomía a su principal referente.

La autonomía no es exclusiva de los pueblos indígenas, pero han sido ellos los que la han mostrado al mundo como alternativa. El proceso mismo conlleva la emergencia de un sujeto sociopolítico que busca construir espacios de resistencia al sistema dominante; en nuestro caso el capitalismo-neoliberal con su colonialismo intranacional e internacional. En este contexto, la exigencia de autonomía de los pueblos indígenas implica, frente a la exaltación del individuo (característica del capitalismo-neoliberal), una recuperación de la comunidad, planteamiento que es en sí mismo antagónico

Como autogobierno, la autonomía envuelve también un proceso; motivo por el cual valdría la pena diferenciar entre procesos autonómicos y autonomías integrales. Entendemos como procesos autonómicos a aquellas experiencias que no han logrado construir una autonomía integral. Por ejemplo, en el México contemporáneo podemos encontrar distintos procesos autonómicos que abordan temas de seguridad y justicia, otros más que apuntan al ámbito educativo, algunos otros se enfocan a áreas de medicina y salud, y también hay experiencias que se concentran en medios de comunicación.

La construcción de autonomía también es una disputa por el territorio, no por la propiedad, sino por el derecho al uso y disfrute. En un contexto de capitalismo-neoliberal, la disputa por el territorio y los recursos es una afrenta clave de los pueblos indígenas contra las corporaciones y sus megaproyectos extractivitas, y también contra los grupos del crimen organizado.

Los pueblos originarios que luchan por la autonomía están organizados en distintos niveles, según su propio tamaño y complejidad. En su forma más avanzada, se organizan en redes de comunidades que conforman municipios y/o regiones.

Ahora bien, la demanda de autonomía es la politización de un proceso de resistencia característico de los pueblos indígenas. Si vemos el fenómeno de forma histórica, recordaremos que los pueblos originarios han resistido de forma antiquísima, conservando o adaptando muchas de sus tradiciones y formas de organización. Ésta característica, combinada con la marginación y exclusión de las que han sido objeto por parte del Estado mexicano, ha dotado de legitimidad el reclamo de reconocimiento de los pueblos indígenas. Sin embargo, la evolución del capitalismo ha generado que, muchos pueblos indígenas que reclaman su autonomía y defienden su territorio, tomen conciencia de que el problema al que se enfrentan está ligado a procesos globales, lo que les ha permitido, en algunos casos, definirse como anticapitalistas y antineoliberales. En este sentido, la lucha por la autonomía “constituye –escribe López y Rivas- algo más que el autogobierno tradicional indígena” [2].

Nos encontramos así con que la lucha por la autonomía que encabezan algunos pueblos indígenas –sobre todo aquellos que trascienden la demanda del reconocimiento de sus derechos al Estado- en los hechos enfrentan y construyen alternativas al capitalismo-neoliberal.

Las luchas por las autonomías de los pueblos originarios hoy se encuentran presentes en toda América Latina. En Chile, Paraguay, Colombia y Perú hay pueblos que siguen luchando y construyendo su autonomía. En Bolivia y Ecuador los pueblos han generado grandes triunfos que se han visto materializados en las constituciones de esos países. La propia ONU ha reconocido, a través de la de Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, la deuda histórica que se tiene con los pueblos originarios.

En México, como ya señalamos, el EZLN se ha convertido en el referente de estas luchas. Pero también están los pueblos de Guerrero, Michoacán, Jalisco, Nayarit, Oaxaca, etc. Hoy los pueblos indígenas son un sujeto político y social que exige sus derechos al mismo tiempo que construye sociedades alternativas. Sigamos acompañándolos, mucho tenemos que aprender de sus luchas.

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[1] Sartre, J. P. (1963) “Prefacio”. En F. Fanon. Los condenados de la tierra. Argentina: Kolectivo Editorial Último Recurso, pp. 7-8.
[2] López y Rivas, G. (2010) “Tesis en torno a la autonomía de los pueblos indios” [en línea]. En revista Rebelión, 25 de mayo. Disponible en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=106782 [Consulta: 15 de octubre de 2012].

* Raúl Romero es técnico académico del IIS-UNAM, consejero editorial de la revista Consideraciones y miembro del Centro de Investigación para la Construcción de Alternativas.

Fuente: ALAI, América Latina en Movimiento

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