Megaciudades

Mauricio Castaño *

Las ciudades son la agrupación humana por excelencia. Sus fundaciones las hallaremos en un valle atravesado por un río. Tierra y agua, cultivo de alimento y transporte fluvial. Red de redes, de intercambios por aquí y por allá. Es concentración de energía que genera fuerza y ésta a su vez, el movimiento. Son desarrollos tecnoeconómicos que esculpen los lugares deciden sus vocaciones y dictan cambios sobre la vida de sus habitantes. Recuérdese cuando los ferrocarriles atrajeron a los pobladores, antes acurrucados sobre sí mismos, y después, estirados a lo largo y ancho de los rieles en función de los recursos, de los empleos, de los servicios.

La ciudad es cuestión de número: Como alojar cada vez más gente, más poblaciones gracias a la industria conquistadora, que concentra en los lugares la fuerza salarial urbana, por ejemplo, donde había carbón, petróleo, electricidad, mostró su capacidad para acumular energía laboral, para administrar poblaciones numerosas, esto es, alojar, registrar, vigilar, clasificar, ejercer acciones de policía, aprovisionar, educar, proteger, entretener, prevenir. Se evidencia que la Revolución Industrial fue ante todo urbana.

No es más que administrar la vida en general. Una Alcaldía en su gobierno responde a los actos de la vida civil; la Iglesia mantiene el sentimiento religioso; la Escuela transmite el saber. Es la sociología estática indispensable, la guardia. Por principio ellas deciden poco sobre la estructura evolutiva del espacio citadino. Es lo fundamental operacional. En otras palabras aseguran el mantenimiento, anima institucionalmente y arrastra consigo todos los otros: La Banca, la Biblioteca, el Almacén, los cuales juegan también un papel de mantenimiento, de autoconservación.

Este dinamismo no ha dejado de tener sus contradicciones. Existe una ciudad que se reclama pulcra, despreciativa de la mugre que dejan los talleres de la industria, que desmigaja sus talleres, los empuja a la periferia, con la ilusión de espantar su proliferación y sus ruidos. Nace entonces lo arrabal, el suburbio, va creciendo, luego son varios suburbios que se extienden y entonces están nuevamente conectados, terminan por alcanzar la ciudad, por fundirse en ella o al menos tocar sus bordes. Los obreros no quieren vivir lejos del centro. Dos polos en disputa: la ciudad del trabajo y la ciudad del no trabajo, esta última reservada a las finanzas y al lujo. El poder y lo religioso separado de lo productivo y lo bullicioso como lo populoso y lo mecánico. En suma, el universo fabril es el que decide sobre el paisaje urbano. Para el centro sus sedes administrativas. El centro de la ciudad sólo vive del movimiento de sus mercancías, de sus intercambios incesantes y de sus actividades. Y para la periferia las capacidades maquínicas o comerciales.

Hoy las urbes alojan cada vez más a nuevos pobladores. Se distinguen las Megaciudades con más de 10 millones de habitantes y las de menor cantidad son las Metrópolis y las ciudades en sí. En el primer caso tenemos las siguientes cifras en millones: Tokio 35; Mumbay 22; Delhi 22; Nueva York 21; São Paulo 21; Calcuta 21; Ciudad de México 20; Shanghái 19; Cairo 16; Karachi 16; Beijing 15; Manila 15; Los Ángeles 14; Dacca 13; Buenos Aires 13; Río de Janeiro 13; Lagos 12; Estambul 12; Yakarta 12; Guangzhou 12; Moscú 11; Chicago 10; Lima 10; Bogotá 10; Paris 10; Teherán 10; Seúl 10; Londres 9; Kinshasa 9.

Las problemáticas de estos espacios urbanos son complejas, en nuestros tiempos sus líderes han decidido asociarse para poder enfrentar soluciones conjuntas. Se tratan temas como los de economía global, sostenibilidad, gestión urbana y periférica, participación ciudadana y derecho a la ciudad, instrumentación de operaciones políticas, Reducción de riesgos ante desastres, espacio público, equidad social y ahorro energético, virtualidad. Este crecimiento o concentración urbana, amerita de la previsión de soluciones dignas que nos liberen de la gran furrusca.

* Mauricio Castaño, historiador.

Fuente: ALAI, América Latina en Movimiento

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