El asesinato de la Pachamama

Wálter Navia

La madre tierra, la Pachamama, es la fuente nutricia de la vida. Los griegos la llamaban Gea, tierra, de la misma raíz de giné, mujer, las paridoras de frutos de la tierra y de hombres. En las diversas culturas, recibe múltiples nombres. Pero todas son Pachamama, y no sólo la tierra a la que estamos ligados y de cuyos frutos dependemos, sino también los ríos que la riegan, los lagos que nos ofrecen pesca, en una palabra, todo lo que se llama ahora naturaleza. La necesidad de convivir con ella armoniosamente, de respetarla, de cuidarla, es una exigencia que debiera tocar el fondo de nuestras almas en Bolivia y en el mundo entero. En este contexto, no es extraño que la defensa de la Pachamama por parte de los intelectuales y políticos actuales llene muchas páginas.

Nos escandalizamos cuando nos enteramos de que en el mundo actual hay tierras totalmente contaminadas donde no brota ningún producto para el hombre, de que hay lagos donde los reactivos químicos arrojados por las fábricas de jabones han exterminado todo vestigio de vida, de que hay mares donde el petróleo mata miles de millones de organismos, impunemente. Los hombres no respetan la tierra, la avidez de riqueza la está matando: esos delincuentes no sólo son irresponsables, son verdaderos asesinos de la Madre Tierra, de la Pachamama.

Pero, ¿qué está sucediendo en Bolivia? ¿Se la está respetando? ¿Se pretende vivir en armonía con la Pachamama? ¿O se la está maltratando, se la está aniquilando, se la está asesinando en muchas partes del territorio nacional?

Una rápida mirada a nuestras selvas orientales. Desde decenios, la tala descontrolada de maderas preciosas, sin ninguna acción reproductiva, está extinguiendo esa hermosa dádiva de la naturaleza, de la Pachamama, con la complicidad de las autoridades de los pueblos ribereños. El chaqueo inmemorial deja las tierras a los pocos decenios inservibles, muertas. Recordemos que el humus de nuestros bosques es de apenas de 20 a 30 cms.

Pero la mayor muestra del Pachamamicidio se encuentra en las laderas de las vegas yungueñas. Recuerdo mi primera visión y experiencia de los bosques de Chulumani o Coroico, para sólo poner un ejemplo. Esos cerros estaban cubiertos por una inmensa y densa alfombra de verdes bosques medios. Internarse en ellos era una intensa aventura, pues había que abrirse camino por las sendas naturales que dejaban los jucumaris, el sol se filtraba apenas por una pequeña cúpula de hojas y ramas; multitud de aves arrancaban a nuestro paso, las hormigas legionarias cruzaban los senderos, inmensas telarañas estorbaban nuestro camino, de vez en cuando se escabullía una víbora u otra alimaña que nos ponían los pelos de punta, ramajes parásitos y cortantes rompían nuestra ropa y dejaban un rojo recuerdo en nuestros brazos, nuestros botines se hundían en el humus mojado por el rocío permanente de los árboles y arbustos. La vida afloraba por todas partes.

¿Qué espectáculo ofrecen ahora esos cerros que antes eran bosques semitropicales? Caen hacia los ríos inmensas laderas con vestigios de lo que fueron terrazas donde se plantaba coca. Como costillas laceradas se advierten señas de lo que quedó de cada escalinata, una cicatriz en la montaña muerte. Las lluvias lavaron toda la capa vegetal: allí no crecerá nunca más nada. El lomo de las montañas está cubierto con una fina mortaja verde. Murió la Pachamama, fue asesinada. Tala de árboles, chaqueos, sobreproducción de la planta de coca, éstos son los culpables de delito de asesinato con premeditación y alevosía. ¿Los responsables? Gozan de buena salud.

¿Dónde están los discursos, las proclamas, las teorías, los compromisos, las cumbres, la defensa recalcitrante de la Madre Tierra “hasta las últimas consecuencias”?

En el basurero de la Historia de Bolivia.

Fuente: ALAI, América Latina en Movimiento

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