Ser alegre, estar alegre

Gabriel Mª Otalora *

No es lo mismo ser alegre que estar alegre. Existe la alegría externa marcada por la jovialidad del momento, la luminosidad del día o por ver cumplida alguna ilusión. Sin embargo, este ánimo es de efecto pasajero pues nace y existe alrededor del acontecimiento que promueve la alegría tanto como la eclipsa: la creación artística, la práctica de un deporte, una fiesta… Todo esto nos provoca estar puntualmente alegres. A veces llamamos alegría a la actitud de quien huye de su tristeza interior a base de engañar a los sentidos de manera poco recomendable (alcohol, drogas…). Pero existe otra verdadera alegría más profunda y estable que proviene de nuestro interior, que no depende de las circunstancias externas para manifestarse con fuerza hacia el exterior.

Esta segunda alegría es consecuencia de un estado anímico que todos podemos cultivar para vivir saludablemente. Es mucho más valiosa porque contagia su fuerza a todo lo que le rodea palideciendo los sentimientos de aflicción, aburrimiento y tristeza. Por eso no decimos en este caso que la persona “está” alegre, sino que “es” alegre, como una cualidad de su existencia. Eso sí, ambas alegrías son perfectamente compatibles.

En esta sociedad materialista, cuan incomprensible de entender resulta que, en medio de sufrimientos, es posible experimentar algo diferente al resentimiento, impaciencia, abatimiento, rebeldía, rabia y mal humor. De hecho, nuestra sociedad tiende a ocultar la imperfección y la finitud, el dolor, la vejez y la muerte, incapaz de asumir que la actitud de rebelarse contra situaciones irreversibles que causan sufrimiento solo consigue agravarlo. Tampoco estamos sensibilizados en la cultura de querernos y querer a los demás -ambas son dos partes de un todo-. Nuestro patrón es la insolidaridad, el interés calculador y la indiferencia con los más necesitados. Con estos mimbres, la alegría tiene difícil encaje. Todo lo contrario a lo que se nos invita en Navidad: a estar alegres como signo esencial de un cristiano que ha experimentado el amor de Cristo.

Trabajar adecuadamente la alegría es mucho más que lograr un buen talante. Está demostrado que la alegría y su medicina del sentido del humor, es un antídoto contra la ansiedad y el desánimo aun en tiempos de crisis y tristeza existencial donde “lo que se quiere” prevalece sobre “lo que se debe”, sin ojos ni entrañas para los demás. Nuestra idea de felicidad está demasiado tutelada por el principio de la posesión (cosas, personas…) que nos aleja de las verdaderas fuentes de la vida plena.

No obstante, la nube diaria de titulares negativos no puede ocultar los muchos signos y evidencias que destilan alegría por los cuatro costados: personas que se aman, miles de voluntarios que dan su tiempo para generar oportunidades y esperanza en los demás, pruebas de amistad, de solidaridad, de superación personal… Personas que siembran y recogen alegría a raudales, aunque son vistos como rarezas imposibles de emular, tal es la triste deriva de quienes se han acostumbrado ya a la incapacidad de sentir alegría incluso en el placer (anhedonia). Estoy triste o soy triste; esta es la cuestión para quien quiera dedicarle una repensada en estas fechas tan especiales para los cristianos y convencerse de que es posible ser alegre también en este tiempo que nos ha tocado vivir de noche pero con millones de estrellas luminosas entre nosotros. La principal de todas ellas, el Dios con nosotros hecho uno de los nuestros.

* Gabriel Mª Otalora, es autor del libro Decálogo para ser alegre. Monte Carmelo, 2012.

Fuente: Informacion.es

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