La Ecoteología en el quehacer teológico del siglo XXI

Victorino Pérez Prieto *

Hay una conocida frase atribuida a Karl Rahner, pero que en realidad la pronunció por primera vez mi gran maestro Raimon Panikkar: “El cristiano [y la cristiana] del siglo XXI deberá ser un místico o no será cristiano [cristiana]”. La frase me parece magnífica –con la conveniente corrección del lenguaje inclusivo-, y es necesario repetirla una y otra vez: las leyes, las normas, los ritos y las mismas prácticas no liberan, aunque puedan ser una ayuda en el camino de nuestra vida; lo que libera es el Espíritu, la vida vivida intensamente, la experiencia plena de la vida en comunión, como hizo y dijo el gran maestro Jesús de Nazaret, el Cristo Liberador.

Pero, de modo semejante, me gusta decir desde hace años que el cristiano y la cristiana del siglo XXI o es también un/a ecologista y un/a ecopacifista, o busca una ecoespiritualidad, o no podrá ser tampoco un buen cristiano/a, un discípulo/a de Jesús de Nazaret. O busca el equilibrio pacífico con sus hermanos y hermanas de raza, pero también la armonía con la naturaleza, con el hermano lobo y la hermana avestruz, el hermano colibrí y la hermana alondra, con el hermano árbol y la hermana piedra, con la hermana agua, con el hermano viento y con todo el cosmos. O busca la justicia, la paz y la integridad con toda la creación, creando el mismo relaciones justas con la Tierra y el Cosmos; porque “somos parte de la tierra y ella es parte nuestra”, como decía el jefe Seattle. Más aún, o busca denodadamente la sabiduría-espiritualidad de la tierra (ecosofía), con sensibilidad holística, reconociendo la interdependencia de todo con todo… sabiendo que “lo que cuenta es la realidad entera, la materia tanto como el espíritu” -como dice Raimon Panikkar-, o no tendrá futuro; porque la vida y el cosmos todo vive y muere con nosotros: somos la conciencia del universo, pero sin él no somos.

Jesús de Nazaret, el retrato de Dios, es un “ecologista” que no sólo manifiesta un profundo conocimiento y amor por la naturaleza (Mc 13,28; Mt 6,26-30…), sino que se experimenta él mismo en una unidad no-dual con Dios y con los seres humanos/el mundo (Jn 17, 21-23; Lc 17, 21). Por eso, invita a sus seguidores no sólo a admirarla, respetarla y amarla, sino a integrarse en ella y disfrutar en ella. Jesucristo es el mejor rostro de la compasión por los hermanos y por toda la creación; y, como decía Thomas Merton: “La idea de la compasión está basada en una intensa conciencia de interdependencia de todos los seres, todo es parte de todo”. Un corazón compasivo es “el ardor del corazón por toda la creación: hombres, pájaros, animales, demonios y todo el mundo”, decía hace siglos Isaac de Nínive.

Por eso, en el quehacer teológico del siglo XXI, la ecoteología deberá ocupar un lugar primordial. Más aún, no puede ser simplemente un elemento más de la teología, sino un elemento vertebrador de toda ella, como dimensión constitutiva de la fe y la vida; una perspectiva que acabe con siglos de visión eurocéntrica y antropocéntrica, despectiva de “los otros” y de la vida no humana, para alumbrar una nueva imagen de Dios.

Se tratará de pasar del Dios dominador al Dios Relación trinitaria-Comunión solidaria, Compañero, Padre-Madre, Amante y Amigo; pero también pasar a un Dios del que el mundo es su Sacramento: el mundo como Cuerpo de Dios y Dios como Espíritu del Mundo. Un Dios ligado indisolublemente a su Creación; no algo extraño frente a él, sino expresión del Ser. Para poder ver “el tejido sin costuras” que forma la Realidad entera, que dice Raimon Panikkar.

Como escribió Ian Bradley “la fe cristiana es intrínsecamente verde; la buena nueva del Evangelio es promesa de liberación y plenitud para toda la creación”; pero “necesitamos borrar siglos de pensamiento antropocéntrico que colocaron al hombre, y no a Dios en el centro del universo”. Esa es la gran tarea del quehacer teológico del siglo XXI: una ecoteología ecosófica.

Esto supone un proceso semejante al que nos propone a los cristianos el sacramento de la reconciliación:

En primer lugar un labor deconstructivo (examen de conciencia): descubrir el origen de la “crisis ecológica”, en la que tenemos culpa cristianos y no cristianos, y borrar una concepción antropológica y teológica antropocéntrica, dominadora y depredadora de la naturaleza que tanto daño ha hecho a la naturaleza y a nosotros mismos. Para ello es imprescindible un diálogo interreligioso e intercultural.

En segundo lugar, la reconciliación con la naturaleza y el cosmos todo (dolor de los pecados y propósito de la enmienda): ponernos ante el Dios de perdón que siempre espera la vuelta a casa (oikos) de sus hijos/as, vuelta al equilibrio en el amor.

Y en tercer lugar un quehacer constructivo (cumplir, rehacer nuestra vida): elaborar una nueva teología, una eco-teología que descubra y manifieste un Dios en íntima conexión con el ser humano -hombre y mujer- y con el cosmos. Conexión no-dual; que no caiga ni en un dualismo destructor, ni en un monismo que niega la realidad tal como es: la identidad y la diversidad coexisten y ambas son reales; buscar la síntesis armoniosa. Una conexión que nos ayude a ser uno, vivir unificado, andar los caminos que van desde el corazón no-dual que permite ser todo en todos.

Se trata, en fin, de elaborar una ecoteología ecosófica que sepa manifestar que decir “Dios es amor”, como nos enseñó Jesús el Cristo-Palabra definitiva del Padre, es manifestar que Dios es comunión, relación trinitaria ad intra (Padre/Madre-Hijo- Espíritu) y ad extra (Dios-Ser humano-Cosmos). Una ecoteología ecosófica que sepa manifestar que el ser humano y toda la creación están llamados a la cristificación, a la plenitud de la vida en el Amor; están indisolublemente unidos en el camino del Amor.

* Victorino Pérez Prieto, profesor y escritor. Doctor en Teología y en Filosofía (España).

Fuente: Ecoteología

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