La gran causa por la que vivir y luchar

Montse Prats rscj

La humanidad se está enfrentando con un problema que nunca en su historia se le había presentado antes: tiene que luchar y comprometerse seriamente por su supervivencia.

Ya no podemos tratar el planeta Tierra como siempre lo hemos hecho, como una especie de baúl con recursos ilimitados. Nos hemos dado cuenta de que los recursos son escasos, y muchos no son renovables.

Un nuevo comienzo: cambio de mentes y corazones

Frente a esta situación dramática, dice la Carta de la Tierra, uno de los documentos más serios, nacido desde las bases de la humanidad y asumido por la UNESCO en 2003: «Como nunca antes en la historia, el destino común nos convoca a un nuevo comienzo. Esto requiere un cambio en las mentes y en los corazones; requiere un nuevo sentido de interdependencia y de responsabilidad». Esto nos recuerda las palabras de Jesús: «Si no se convierten, todos perecerán». Convertirse es inaugurar un nuevo comienzo, con otra mente y otro corazón. Es lo que la situación de la Tierra y de la Humanidad están exigiendo. Ahora se impone: o cambiamos, o nuestra civilización puede desaparecer.

Hay esperanza: es crisis, no una tragedia

A pesar de las amenazas graves, nosotros, los cristianos tenemos la firme convicción de que la vida es más fuerte que la muerte, y que la luz tiene más derecho que las tinieblas. Dios ha asumido la Tierra como su templo. El Espíritu la habita con sus energías creadoras y el Padre que lo atrae todo no va a permitir que esta obra de su amor tenga un fin trágico.

De cara a la dramaticidad de la presente situación se puede hacer dos lecturas: como un escenario de tragedia o de crisis. En la tragedia todo termina mal. En la crisis todo pasa por un proceso de purificación y de maduración. Lo que es accidental y meramente agregado no se sostiene, se cae.

Permanece lo esencial, alrededor de lo cual se puede construir un nuevo ensayo civilizatorio. Ésta parece ser la actual situación. Lentamente, estamos construyendo una nueva forma de habitar la Tierra, de producir, de consumir y de tratar los desechos. Va a implicar muchas renuncias y mucho sufrimiento. Ningún parto se hace sin dolor. Pero este dolor no es de un moribundo, sino de un nuevo nacimiento…

La Tierra como Madre y Gaia

Desde la más alta ancestralidad, la Tierra fue vivida como Gran Madre, Pacha Mama de los andinos, Tonantzín de los mesoamericanos. Y ésa es la visión de todos los pueblos originarios aún existentes. Modernamente se ha confirmado empíricamente que la Tierra está viva, un superorganismo que articula lo físico, lo químico y lo ecológico, de tal forma que se mantiene siempre capaz de producir y reproducir la vida. La han llamado Gaia , nombre que los griegos daban a la Tierra viva productora de vida. Esta visión era al principio sólo una hipótesis, pero a partir de 2002 se ha comprobado como una realidad científica.

Este reconocimiento está lleno de consecuencias prácticas. Cambia la relación hacia la Tierra. Si es sencillamente tierra, uno puede comprarla, venderla y explotarla. Pero a una madre uno no puede venderla, ni comprarla ni explotarla, sino amarla, venerarla y cuidarla. Esta actitud tendrá que prevalecer si queremos poner límites a la voracidad industrialista. Vamos a producir para atender demandas humanas pero respetando los ciclos y los límites de la Madre Tierra.

El ser humano es la Tierra que siente, cuida y ama

La visión de los pueblos originarios que saben que son la propia Tierra que camina, aquella porción de la Tierra que siente, piensa, ama, cuida y venera. Nosotros somos Tierra. Por eso hombre viene de humus , tierra fértil, y Adam en hebreo significa hijo e hija de la Tierra fecunda, llamada adamah . Si verdaderamente nos sentimos Tierra, todo lo que ocurre a la Tierra nos ocurre también a nosotros, en el bien y en el mal. Mas aún: somos responsables de la salud de la Tierra. Nuestra misión es ética: de cuidar y, como jardineros, proteger toda la riqueza y biodiversidad del paraíso terrenal, del Edén. Si no nos aceptamos como Tierra, tenemos pocas razones para cuidarla. Es nuestra única Casa Común, no tenemos otra.

El buen vivir como nuevo paradigma civilizacional

Las culturas andinas han desarrollado, en centenares de generaciones, un concepto que traduce el tipo de relación que mantienen con la Tierra. Es el buen vivir ( sumak kawsay ). No puede ser identificado con el occidental vivir mejor , como sinónimo de calidad de vida. En el sistema imperante, calidad de vida implica más acceso a medios de consumo. Y para que algunos puedan vivir mejor, muchos tienen que vivir peor.

Al contrario, el buen vivir supone una concepción de armonía del ser humano con la naturaleza, con sus energías, y un cuidado amoroso hacia la Pacha Mama.

Implica relaciones de equidad entre todos en la sociedad y la construcción de una democracia comunitaria, tal vez una de las contribuciones más significativas a la idea de democracia occidental, apenas representativa y delegaticia. El buen vivir no pretende acumular, sino una economía de lo suficiente y decente para todos.

Todo esto parece utopía. Pero es una utopía necesaria, más adecuada al ritmo de la naturaleza, y posiblemente la que va a triunfar en el futuro, cuando la humanidad va a descubrirse como especie, con el mismo destino que la Madre Tierra. Como decía Chateaubriand: nada es más fuerte que una idea cuando llega el momento de su realización. Este momento se está acercando.

Escrito para el día mundial de la Tierra, el 22 de abril, que pasará a ser el Día de la Madre Tierra .

Fuente: Religiosas del Sagrado Corazón

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